¿Qué debería saber todo el mundo sobre la depresión?


La depresión es la verdadera pandemia de nuestro siglo. Según la Organización Mundial de la Salud, actualmente más de 350 millones de personas en el mundo sufren depresión, un trastorno que cada año se cobra la vida de aproximadamente 1 millón de personas. Sin embargo, detrás de esas cifras se encuentran personas reales, sufrimiento y desesperanza, alegrías rotas, sueños hechos añicos e historias de vida únicas que no debemos obviar.
Aunque los psicólogos y neurólogos a menudo hablamos de la depresión como una entidad o un mero concepto, a veces es necesario escudriñar más allá. La depresión no es algo ajeno. De hecho, es probable que alguna de las personas que conoces y ves todos los días, la padezca. Por eso, es importante romper muchos de los mitos que se han generado sobre este trastorno y que no sirven más que para empeorar un estado de ánimo abatido de por sí.

Lo que me gustaría que las personas supieran sobre la depresión

Me gustaría que las personas supieran que la depresión es un problema complejo, que es una condición tanto fisiológica como psicológica, que no se puede simplificar para intentar encajarla dentro de esa pequeña caja donde metemos nuestros estereotipos y creencias. También me gustaría que las personas supieran que el proceso de recuperación puede ser largo y que no existe un único camino, porque la sanación se alimenta de diferentes fuentes. Cada quien debe seguir su propio camino.

Me gustaría que las personas comprendieran que la depresión no ocurre en un vacío sino que es parte de una intrincada red de sistemas biológicos (nervioso, digestivo, endocrino, respiratorio) y que suele atacar tanto al cerebro como a la tiroides y, por supuesto, al corazón. Que si queremos ayudar realmente a esas personas, no basta con recetar antidepresivos, debemos adoptar una perspectiva holística.

Me gustaría que las personas comprendieran que un cuadro depresivo sin tratamiento incrementa el riesgo de sufrir otras enfermedades, desde trastornos neurodegenerativos como el Parkinson y la esclerosis múltiple hasta la gripe, un ictus o una enfermedad respiratoria. Y que las personas deprimidas tienen un riesgo mayor de morir a causa de estas patologías.
Me gustaría que las personas les ofrecieran a quienes luchan contra la depresión, la misma compasión y comprensión que suelen darle a quienes tienen cáncer, artritis, lupus o cualquier otra enfermedad aceptada socialmente. Que no las discriminaran ni juzgaran y, sobre todo, que no les colocarán la etiqueta de “enfermos mentales”.
Me gustaría que las personas supieran que la depresión severa no es algo que se pueda curar participando en un seminario ofrecido por el gurú de turno y que a pesar de la increíble neuroplasticidad de nuestro cerebro, es imposible que una persona deprimida supere su problema recurriendo solo a los pensamientos positivos. Aunque estas personas creen nuevas conexiones e intenten cambiar su actitud, no pueden convertir una bombilla en un elefante de la noche a la mañana, de la misma forma en que dejar de pensar en un tumor no hará que este desaparezca.
Me gustaría que las personas supieran que quienes sufren depresión también son capaces de fingir una sonrisa durante las dos horas que dura la cena, para después llegar a casa y teclear en Google “la forma más fácil de enfermar de cáncer”. Me gustaría que supieran que las personas más deprimidas merecerían un Premio Óscar por sus actuaciones, porque se esfuerzan por llevar una vida normal, solo para no entristecer o preocupar a quienes están a su alrededor, o porque les asusta mostrarse vulnerables.
Me gustaría que las personas comprendieran que los medicamentos no ofrecen todas las respuestas y que las endorfinas que se liberan durante el ejercicio físico no son más que pequeños parches para una herida que necesita puntos de sutura. Que los complementos alimenticios ayudan pero no son mágicos y que el yoga puede ser eficaz en algunos casos pero completamente inútil en otros.

Me gustaría que las personas supieran que la peor parte de la depresión es la soledad, la incapacidad para expresar la angustia que se lleva dentro. Y que una sociedad que demanda siempre caras felices y sonrientes, solo hace que estas personas se sientan aún más solas e incomprendidas, además de impedirles contar la verdad sobre su estado.

Me gustaría que las personas comprendieran de una vez y por todas que quienes luchan contra la depresión no son perezosos o débiles y no les falta fuerza de voluntad ni compromiso. De hecho, el cerebro de las personas deprimidas, visto en un escáner, luce diferente y funciona de manera diferente, porque hay pérdida de densidad neuronal en algunas zonas. No es su culpa.

Me gustaría que las personas comprendieran que para quien sufre depresión, lo más difícil del mundo es mantenerse vivo día tras día, porque cada mañana llega cargada de una dosis descomunal de desesperanza. Que lo que para nosotros es normal y damos por descontado, para la persona deprimida es un reto tan grande como subir el Everest.

Me gustaría que las personas comprendieran que la depresión no excluye la gratitud, que alguien puede sentirse deprimido y agradecido al mismo tiempo y, por eso, lo mejor que podemos hacer por esa persona es creer en ella y sostenerla a lo largo de ese viaje.
Me gustaría que las personas supieran, más que nada, que hay esperanza.
Más allá de la medicación y la meditación.
Más allá del omega-3 y la vitamina D.
Más allá del mindfulness y el biofeedback.
Más allá de la acupuntura y los fármacos antidepresivos.
Más allá de cualquier acción imaginable, hay esperanza para las personas deprimidas.
Si tan solo tienen a su lado a alguien que las comprenda y que está dispuesto a escucharlas y compartir sus sentimientos.

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